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El limpia-chimeneas
cuento navideño

G. Lenotre

Théodore Gosselin Lenotre (1857-1935), historiador francés, es autor de atrayentes obras, especialmente sobre la época de la Revolución Francesa. El cuento de Navidad que publicamos figura en su libro “Leyendas de Navidad” – Cuentos históricos”.

Al caer la noche de aquella víspera de Navidad, Mathiote, sin quitarse su negro vestido de limpia-chimeneas, se había dirigido a la mansión de Plessis-Morambert. La casualidad de una chimenea obstruida le había llevado a aquella misma casa cierta Nochebuena en que el Conde de Morambert disponía una enorme pirámide de juguetes y golosinas que al día siguiente descubriría su hijo Santiago.

Mathiote tenía la misma edad que el hijo del Conde, el cual, viendo la mirada, no de envidia, sino de admiración, lanzada por el pequeño limpia-chimeneas a todos aquellos juguetes, y seducido por el inteligente y honrado semblante del joven trabajador, había hablado unos instantes con él, le había dado una moneda de oro: un “luis”, y le había mandado a cenar con los sirvientes.

El enternecedor recuerdo de aquella inesperada fiesta conducía a la mansión, desde hacía tres años, en aquella fecha, al pequeño limpia-chimeneas, que cada vez se encontraba con el “luis” de aguinaldo, un exquisito pan hecho a base de maíz,  y el plato de sopa caliente, hacia los que se sentía atraído, es preciso confesarlo, tanto por el agradecimiento como por la voracidad o el interés.

Pero, en aquella noche, que era la del 24 de Diciembre de 1793, se quedó profundamente desconcertado al hallar cerrada la mansión del Conde. Ninguna luz brillaba en sus ventanas, ninguna respuesta obtuvieron sus reiterados aldabonazos. Iba ya a marcharse, cuando, en el extremo de la calle, en medio de la oscuridad ya muy profunda, distinguió las siluetas de un muchacho y un hombre, que a grandes pasos se dirigían hacia la mansión. Mathiote reconoció a Santiago de Morambert y corrió a su encuentro.

-¡Ah, eres tú, querido Mathiote! –exclamó emocionado el joven hidalgo-. Ven, será mejor que entremos...

Y en cuanto se hallaron en el interior de la casa, Santiago rompió a llorar.
-Hace ya ocho días que detuvieron a mi padre –dijo-; el comité revolucionario de la sección lo denunció... Antes de fin de año comparecerá ante el tribunal... ¡Mi padre está perdido, querido Mathiote! Y los sollozos del niño redoblaron en intensidad. El consternado Mathiote, en cuya existencia nada había cambiado el Terror, supo que sobre el Conde pesaba la acusación de in-civismo, terrible crimen en aquella época, y que el cadalso le aguardaba.

Hacía ya ocho días que Santiago iba a apostarse cada tarde ante la prisión: Le habían negado el consuelo de hablar con su padre, pero al menos podía verlo a través de los barrotes de un ventanal que daba a la calle; el niño permanecía allí hasta que anochecía, hasta que la prisión se iluminaba... Venía de cumplir esta dolorosa peregrinación cuando Mathiote lo había encontrado.
-No os desconsoléis, Señor Santiago, murmuró el pequeño limpia-chimeneas, consternado por cuanto acababa de saber.
-No es posible que esos malvados ajusticien al señor Conde, que es tan bueno y tan caritativo...
-¡Ay!, es precisamente esto lo que le perderá...
-Animaos... y dejadme intentar algo.
-¿Qué puedes intentar?... Toda gestión no haría sino acelerar la condena.

Y Santiago se echó a llorar de nuevo. Mathiote le consoló lo mejor que pudo. Ambos muchachos permanecieron solos casi una hora seguida. Cuando el limpia-chimeneas se marchó, ya era totalmente de noche. Y el muchacho se dirigió hacia el centro de París con paso alegre, casi gozoso.

El Conde de Plessis-Morambert estaba encarcelado en la prisión de la Abbaye. Durante las primeras horas de su cautiverio, tomado de la rabiosa sobreexcitación que enardece a todos los detenidos, había dado vueltas por su calabozo cual fiera enjaulada, explorando los menores rincones de su celda, sacudiendo los barrotes de la ventana, tratando de violentar la puerta, devanándose los sesos para descubrir algún medio de evasión. La solidez de la reja que obstruía su ventana, el espesor de los muros, las enormes dimensiones de la cerradura sostenida por fuertes tornillos, disiparon rápidamente sus ilusiones.

Tras ese inevitable abatimiento, la forzosa inactividad le había acarreado largas horas de postración; y una especie de sosegada resignación se había apoderado finalmente de su alma, y, aquella noche, bajo la tenue luz de una linterna que su carcelero le había encendido, sentado en el  único sillón de paja que amueblaba su celda, con la frente apoyada en la mano y los ojos fijos en la vacía chimenea, meditaba melancólicamente...  Su pensamiento volaba hacia la casa en donde se sentía tan amado: Veía a su pequeño Santiago deshecho en llanto, solo en la desierta mansión, juntando las manos para rogar a Dios. Y se acordaba de las noches de antaño en aquella misma fecha, cuando el niño, antes de irse a la cama, dejaba sus zapatos ante la chimenea con la esperanza de que el Niño Jesús les hiciera una visita, que nunca faltaba.

¿Qué pensaría Santiago, cuando al despertarse a la mañana siguiente, se diese cuenta de que el Niño Jesús lo había olvidado? Y ante la idea de esta inevitable decepción, el Conde de Morambert fijaba sus llorosas miradas en la chimenea sin fuego, emocionado por el recuerdo de aquella otras noches felices en que se deslizaba de puntillas dentro de la habitación de su dormido hijo y disponía en la chimenea los encintados juguetes, los altivos soldados de madera acostados en su caja de blanco abeto, las doradas naranjas, las frutas confitadas cuya prodigiosa disposición arrancaba exclamaciones de alegría al niño, en cuanto despertaba. Mientras dejaba vagar su imaginación por este triste ensueño, un estridente ruido se dejó oír en la chimenea: Una abundante lluvia de yeso y de hollín crepitó sobre el brasero de piedra y fue seguida inmediatamente por un voluminoso paquete estrechamente atado, que cayó pesadamente y rodó hasta la mitad del calabozo. Muy sorprendido por este anormal acontecimiento, el Conde se había incorporado y sus miradas iban de la chimenea al misterioso paquete, cuando vio de pronto dos pies que se balanceaban por encima del brasero: Un instante después estos pies habían llegado al suelo. Una oscura silueta se agazapó en el brasero y dando un salto se plantó en la habitación al tiempo que una voz pronunciaba estas palabras:
-No temáis, señor Conde... soy yo... soy Mathiote.
Era efectivamente Mathiote que, de pie ante el prisionero, con el rostro y los vestidos negros de hollín sonreía mostrando sus blancos dientes; los ojos en medio de su tiznado rostro parecían azules y brillaban con extraño fulgor.

   -¿Mathiote?... murmuró el gentil hombre tratando de recordar.

   -¡Pues yo no os he olvidado! Vengo de vuestra casa. El señor Santiago sigue bien, aunque, no está muy alegre. Pero ya hablaremos de él más tarde... He venido a buscaros.


   -¿A buscarme?...

-Sí, pero no perdamos tiempo... hablad en voz baja. Traigo todo lo necesario: En primer lugar, aquí tenéis ropa para vos.
Y el pequeño limpia-chimeneas desataba rápidamente el paquete de harapos que le había precedido.
-Lo he cogido en casa de mi patrón; ahora tomad un cartucho de “luises” que me ha dado el señor Santiago: Dice que hay dos mil francos: Pueden sernos útiles; pero es mejor ocultarlos. Dentro de un cuarto de hora estaremos en la calle...
-Pero ¿Por dónde vamos a salir, muchacho? Supongo que no vas a hacerme seguir el mismo camino por el que tú has llegado. Y, además, ¿a dónde nos llevaría?, al tejado... Pero, ¿cómo has logrado dar con mi calabozo?
El señor Santiago me dijo: “la última ventana junto a la esquina de la calle Sainte-Marguerite”. He examinado el edificio; cuando se está algo acostumbrado, no hay cosa más fácil... Pero, señor Conde, con vuestro permiso no volveré a contestaros; ya hablaremos en la calle. Ahora, manos a la obra: Vestíos.
Mathiote se había acercado a la puerta del calabozo y examinaba la cerradura; sacó del bolsillo un destornillador y se dispuso a aflojar el enorme cerrojo. Trabajaba con hábil precisión. El preso, admirado, lo contemplaba. Se hallaba en uno de esos estados de ánimo en que el alma, ablandada y desalentada, se encuentra subyugada y sin ánimo de luchar. Ante un imperativo ademán de Mathiote, obedeció casi mecánicamente; se quitó su saco levita, y por encima de sus demás prendas de vestir, empezó a ponerse el pantalón, tieso por el hollín, y la chaqueta grasienta y negra que el muchacho había traído. Obedeciendo a otro ademán, arrojó su peluca, se acercó a la chimenea y se tiznó valientemente las manos y el rostro; tenía el aspecto de un perfecto limpia-chimeneas cuando volvió junto a Mathiote, que, con aire triunfal, sin pronunciar una palabra, le mostró la cerradura, finalmente desprendida de la puerta.

El muchacho, haciendo una señal con la cabeza, aprobó la transformación del noble; luego, acercándose, le dijo en voz baja:
-Ya estáis salvado; tomad el dinero y guardadlo; yo me quedo con un luis, porque en seguida lo necesitaré. Bajad la escalera detrás de mí. Cuando me acerque al centinela, pasad de largo sin deteneros... Salid por la calle con decisión y doblad a la izquierda sin titubear. ¿Entendido?
El Conde le respondió con un apretón de manos. Mathiote abrió la puerta y lanzó una mirada al corredor: Estaba desierto. Sin precipitarse, cedió el paso al prisionero, salió tras él y cerró la puerta; ambos siguieron por el corredor y bajaron por la escalera.

En el vestíbulo de la prisión, el carcelero, que aún no hacía una hora que había entrado de guardia, dormía en una caseta calentado por una estufa de barro y mal iluminado por una linterna dejada sobre la mesa. El Conde, guiado por el muchacho, se mantuvo en la oscuridad, donde su negra silueta se hacía invisible, mientras Mathiote golpeaba osadamente la luna y despertaba al guardián.
-¡Despierta... ciudadano!
El carcelero abrió los ojos, dirigió la luz de su linterna hacia el que le llamaba, no vio más que al muchacho cargado de cuerdas, de garfios y de escobas, accesorios indispensables en su oficio; y, tranquilizado, tiró de la cuerda. La puerta se abrió: El Conde puso un pie en el umbral; casi no pudo contener un instintivo movimiento de retroceso al ver al centinela, que, al oír el ruido del cerrojo, se había vuelto hacia la puerta... Pero Mathiote lo había previsto  todo.
-Perdonad, militar –le dijo en cuanto oía como la puerta se cerraba de nuevo tras él- ¿Seríais tan amable de decirme dónde está el jefe de la guardia?
-¿El jefe de la guardia? ¿Para qué lo quieres ver? ¿Qué haces tú aquí?... ¿Quién es ese que sale? ¡Alto!, ¡Nadie pasa!...
-Quisiera entregar a vuestro oficial esta moneda de oro que he encontrado ahí arriba, en una habitación vacía, mientras barría las cenizas de la chimenea... Vedla, no sé qué hacer con ella...
Y el muchacho mostraba al soldado un reluciente “luis” que, en medio de la oscuridad, brillaba en la punta de sus tiznados dedos.

El centinela -al que Mathiote había lisonjeado llamándole militar- examinó la moneda, se la guardó en el bolsillo (el “luis” de aquella época, valía unos doscientos francos en papel moneda) y, con voz más amable, rezongó:
-¡Está bien! Se los daré yo mismo al jefe, no vale la pena despertarle por tan poca cosa.
-Gracias, ciudadano.
-De nada, negrillo.
Y Mathiote, corriendo a toda velocidad, al Conde de Morambert, que, durante este diálogo se había escapado y se alejaba a grandes pasos por la calle Buci.

El valeroso chiquillo tenía trazado su plan; no ignoraba la imposibilidad de ocultar al Conde en París, pues las visitas domiciliarias hacían ilusorio todo intento de despistar a la policía; y, además, ¿Dónde encontrar, en aquella época de terror, a un ser lo bastante heroico y lo bastante loco para ofrecer hospitalidad, siquiera por la noche, a un detenido que se había evadido y cuya fuga sería comunicada, además, a todos los agentes del Comité de Seguridad General al día siguiente?

Así, pues, Mathiote había resuelto salir de Francia y pasar a Saboya, donde por lo menos conocía una casa, la de sus padres, en la que su noble protegido podría albergarse sin peligro hasta que se hubiera disipado la tormenta revolucionaria. En diez días podían alcanzar la frontera, y dos saboyanos que volvieran a su patria con su atuendo nacional de limpia-chimeneas, tenían grandes probabilidades de no despertar sospechas durante el camino.

Como medida de extrema precaución, envolvió con una venda la cabeza del noble, como si alguna grave herida hubiera requerido aquel vendaje, aunque en realidad estaba destinado a explicar el absoluto mutismo que debía observar el Conde en cuanto se hallaran en presencia de un tercero. Mathiote se encargaría de responder a todas las preguntas y satisfacer todas las curiosidades.

Pero no suscitaban ninguna; al final del segundo día de marcha, el Conde de Morambert, no habituado a andar, privado de toda la comodidad a que estaba acostumbrado, comiendo tocino en los albergues, bebiendo agua en las fuentes, durmiendo sobre la paja en las granjas, no necesitaba esforzarse y representaba con toda naturalidad el papel de trabajador, quebrantado de fatiga, enfermo, herido, que se arrastraba penosamente por los caminos de vuelta a su casa. Nadie hubiera podido suponer un noble en aquel hombre enflaquecido y sucio que no despegaba los labios, y cuyo joven compañero hablaba con toda facilidad el dialecto saboyano.

Doce días después de su salida de París, los fugitivos alcanzaban finalmente el último villorrio francés: Mathiote, lozano, ágil y lleno de ardor; el Conde, quebrantado, cojeando, arrastrándose a duras penas. Tras una noche de ininterrumpida marcha, se habían detenido en una posada donde se hacían servir pan y mantequilla, cuando el posadero, dirigiéndose a Mathiote y señalando al Conde, preguntó:
 -¿Es tu padre?
-Es el hermano de mi patrón
-¿Está enfermo?
- Está herido a causa de una caída desde lo alto de un tejado. Le acompaño a su casa.
-¿Tenéis pasaporte?
-¿Un... qué?
-No pasaréis la frontera si no lleváis los papeles en regla; el puente está custodiado por los patriotas: Ayer mismo detuvieron a dos emigrantes que iban disfrazados de comerciantes de queso.
Mathiote empalideció bajo la capa de hollín que recubría su rostro: No había previsto tal desenlace. Pero se contuvo.

-No sé –respondió con simplicidad- pero me gustaría pasar a pesar de todo. Ya quisiera haber llegado. El viejo no puede con su alma, añadió en tono de confidencia.
-Para pasar se necesitan papeles, replicó el posadero.
Y se entregó a otros menesteres.

Una hora después, los fugitivos, sentados en el tronco de un árbol, al borde del camino, se devanaban los sesos para dar con un medio que les permitiese franquear el último obstáculo que los separaba de la salvación. Ante ellos, la carretera descendía en línea recta hasta el borde de un arroyuelo, al que cruzaba por encima de un puente. Más allá de aquel puente comenzaba la tierra extranjera; no los separaba de ella una distancia mayor de quinientas toesas(1), e incluso divisaban el poste pintado con los colores de Saboya que señalaba la frontera. Pero unos metros antes de llegar al puente percibían asimismo, ante la garita de la aduana, a una docena de patriotas bien armados, encargados de vigilar el paso.


-Escuchadme, señor Conde –decía Mathiote- vais a hacer el último esfuerzo; echaremos a andar a campo traviesa, cruzaremos el riachuelo sobre el hielo, y...
-Imposible, querido Mathiote; apenas si puedo echar un pie delante del otro: ¡No podría dar ni siquiera tres pasos sobre esta tierra helada!...
-Bueno, pues, trataremos de llegar hasta la garita y, mientras yo entretengo a los soldados, reunid todas vuestras fuerzas y, corred hasta el puente...
-¡Correr!... –exclamó lastimeramente el Conde mostrando sus doloridas piernas-. Además, las balas de sus fusiles me derribarán enseguida.
-Que tiren, bueno, lo acepto; pero pueden fallar la puntería...
-Pero te detendrían a ti; y pagarás con tu vida tu abnegación: No lo consentiré nunca, querido chiquillo.
-Pues, ¿entonces?...
murmuró tristemente Mathiote.
-Entonces... todo se ha acabado; hemos naufragado al llegar a puerto. Déjame aquí y alcanza la frontera a campo traviesa... Yo no me entregaré antes de que te vea a salvo.
-Mathiote se rascó la cabeza y después de reflexionar unos instantes en silencio, añadió:
-Todavía nos queda una última posibilidad, señor Conde; vamos a seguir andando tranquilamente hasta donde están apostados los soldados. Si nos piden los papeles, seguid andando lo más a prisa que podáis; mientras yo desabrocharé lentamente mi chaqueta y les daré a entender que busco nuestro pasaporte en mis bolsillos; de este modo habréis ganado algunos metros... después,  ¡que Dios nos proteja!... Sólo que... y el muchacho titubeó antes de terminar la frase.
-¿Qué?
-Sólo que, como ya no estamos seguros de escapar, es inútil que llevéis en vuestro bolsillo el cartucho de luises: si os registran, esa cantidad de oro os comprometería irremediablemente.
El Conde sacó el dinero de su bolsillo y, haciendo una mueca de desprecio, lo puso en la mano de su compañero; pasándose la mano por la frente para ahuyentar los amargos pensamientos que le inspiraba su decepción, se levantó penosamente.
-Voy a entregarme –dijo- ; tú trata de escaparte, si puedes; tienes razón, que cada uno mire por sí.
-Yo no os dejo, respondió Mathiote siguiéndole alegremente.
Unos minutos más tarde, los fugitivos llegaban ante la guardia: Los soldados, sin experimentar desconfianza alguna a la vista del típico vestido de los dos viandantes, los dejaron pasar, no sin dirigirles algunos insultos; pero apenas habían dado algunos pasos hacia el puente cuando el oficial, concibiendo repentinas sospechas, llamó a sus hombres.
-¡Ea, ea! –exclamó-, mirad a esos dos que violan la consigna... ¡Eh, pequeño!
-Mathiote aparentó no oír... eran algunos metros más ganados.
-¿Te detendrás al fin, bribón?
-Mathiote se volvió y, con semblante de gran sorpresa, volvió hacia la garita, mientras el Conde, reuniendo sus fuerzas, se apresuraba hacia la frontera.
-¿Qué deseáis, ciudadano?, preguntó ingenuamente el chiquillo.
-Tu pasaporte... Y tu compañero... ¿Acaso es sordo?
-Está herido.
-Que se detenga o abrimos fuego.
Ciudadano, no disparéis... ¿Mi pasaporte? Ahora os lo voy a dar. Y mientras observaba con el rabillo del ojo al Conde de Morambert, al que sólo unos metros le separaban del puente, Mathiote hundía la mano en todos los bolsillos, revolvía su gorra, vaciaba su morral. Tales manejos el oficial no los pasó por alto, quien, adivinando el subterfugio, llamó a sus hombres con un implacable grito.
-¿Disparad ya! ¿No veis que un noble está tomando las de Villadiego?... Metedle un balazo a ese hombre... ¡Fuego! ¡Fuego!
Todos los fusiles apuntaron. Mathiote, pegó un salto y se puso ante sus cañones... Los soldados titubearon antes de fusilar a quema ropa a aquel muchaco desarmado.
-¡Fuego! –repitió el oficial-disparad o se nos escapan.
Pero en ese momento, Mathiote, cogiendo a manos llenas las monedas de oro que llenaban su bolsillo, , las arrojó a los soldados, prestos a disparar, cual si fueran golosinas...



En un instante se produjo una indescriptible pelea: la visión del oro, diseminado sobre la carretera, enloqueció a aquellos hombres, que, arrojando sus armas, se precipitaron a recogerlo, empujándose, derribándose, arrancándose de las manos tan inesperado botín.

Mathiote no se detuvo en la contemplación de semejante espectáculo épico. Ya se había unido al Conde al otro lado del puente, ¡fuera de Francia!

Y, mientras los soldados luchaban y se disputaban todavía una última moneda, el chiquillo, agitando en el aire su gorra, gritó en su dialecto saboyano:
-E viva la libertá!
Y fue a reunirse con su compañero, que, abrumado de fatiga, llorando de alegría, de cansancio y de agradecimiento, había caído al pie del poste pintado con los tres colores de Saboya.



1. Toesa: Antigua medida de longitud francesa equivalente a dos metros.





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