Una mañana del Conde de Lemos Se da el Virrey golpes de pechoQue en lo profundo de los siglos se oyen bien Cual campanazos que repiten en las sombras ¡Jerusalem!... ¡Jerusalem!... ¡Jerusalem!... José Santos Chocano
Los servidores habían abierto las cortinas de brocado carmesí y el Virrey, sentado en su alto lecho, podía contemplar por el gran ventanal la fructuosa higuera de Pizarro. Mientras lo vestían, su confesor y compadre el venerable Francisco del Castillo le iba recitando las Letanías apud Peruviam, compuestas por Santo Toribio de Mogrovejo. Al terminar le dijo el Conde:
El imponente Virrey del Perú, como íntegro discípulo de Jesús que era, armonizaba una gran severidad en lo concerniente a la moral y a la autoridad legítima, con un gran espíritu de piedad y constructiva benevolencia. Sobre todo se destacaba por su inmensa y purísima Fe católica. Comulgaba diariamente y dedicaba tres horas a la oración. Mandó rezar, con el toque de las nueve de la noche, por los difuntos y agonizantes de cada día. Dispuso el rezo oficial y general del Ángelus. Estas y otras medidas del mismo género, así como su espíritu de grandeza político-militar, lo destacan como uno de nuestros más brillantes Virreyes. Su corazón se quedó en Lima: por su expresa voluntad, reposa en la iglesia de San Pedro, junto al altar de San Francisco de Borja. En la Capilla Real de Palacio lo esperaban su esposa, La Virreyna Ana de Borja y su niño, vestido de pequeño uniforme granate. Atrás de ellos formaban para la Misa treinta y dos caballeros que ese día iban a participar en un “torneo de cañas” a caballo, en cuatro cuadrillas de ocho, y un grupo de doce caciques principales con sendas varas, venidos para una reunión con el Virrey, al día siguiente. Después de la Comunión y las oraciones finales, el Padre del Castillo se acercó al Conde y con aire grave le dijo: - Estuve contemplando la situación futura, cuando la Media Luna vuelva a intentar conquistar Europa. La victoria de la Cruz podrá ser decidida por los ejércitos de estos Reinos. Se debe instruir el espíritu de las nuevas generaciones. Cuando llegue la ocasión se podrá zarpar del Callao, por caminos ya conocidos. Por Panamá hasta el Mediterráneo oriental, por el mar del Sur e islas lejanas hasta el Indico y Ormuz, por Tierra del Fuego hasta el mar Rojo, pasando por Mozambique: ¡gesta Dei per peruvianos¡
En esa época el Callao ya era una enorme fortaleza. El puerto estaba todo rodeado por murallas mayores que las del actual Real Felipe. Cientos de cañones de bronce habían sido emplazados a todo el alrededor, apuntando a mar y tierra. Era ya mediodía cuando desde la fortaleza se avistó la aproximación del Virrey y su espléndida comitiva. Tronó entonces una salva general de la artillería del puerto, al unísono con la de la Nave Almiranta “Nuestra Señora del Rosario” y demás unidades navales allí fondeadas, todas engalanadas para la ocasión con sus insignias y gallardetes multicolores.
José Antonio Pancorvo Beingolea
(1) Josephe DEMUGABURU, Diario de Lima 1640-1694, Ed. Sanmarti & Cía, Lima, 1918, p. 32.
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Cuando le trajeron la chirimoya en la bandeja de oro, el Conde de Lemos se admiró: 
