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Pedro de Candía y el milagroso origen del Perú

“En Tumpiz obró el Señor una de sus maravillas a favor de la Fe Católica y de aquellos naturales, para que los recibiesen...”

Inca Garcilaso de la Vega

Pedro de Candía La Conquista de América fue por cierto una obra providencial. Esto se revela, de un lado, en la asombrosa rapidez con que el Nuevo Mundo fue evangelizado: comparada con Europa, que poseyendo un territorio mucho menor que América latina demoró más de mil años en volverse cristiana, la incorporación de los pueblos de América Latina al rebaño de Cristo, realizada en menos de 150 años, constituye una proeza misionera y civilizadora sin parangón en la Historia.

Por otro lado, multitud de hechos milagrosos jalonan esa epopeya, atestiguando su carácter providencial. Los protagonistas de esos milagros fueron no sólo sacerdotes o religiosos, sino también los propios conquistadores, nobles en su gran mayoría. Ellos ejercían así, de modo sobrenaturalmente maravilloso, el ministerio o “sacerdocio” que la doctrina católica asigna a las élites sociales como instrumentos de Dios al servicio del bien común.

Es característico el ejemplo del famoso conquistador Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien en sus largas travesías por el Sur de lo que son hoy los Estados Unidos practicó incontables curaciones milagrosas de indígenas enfermos, con sólo tocarles y rezar un Padrenuestro.

Y el Perú católico, que se convertiría en el foco irradiador de cultura y civilización cristiana para toda América del Sur, se gestó también a partir de un hecho milagroso, ocurrido ya en el mismísimo instante en que el primer español ponía pie en nuestro suelo. Fue su protagonista el famoso Pedro de Candía, uno de los trece héroes que acompañaron a Pizarro en su gran aventura.

En Tumbes existía una fortaleza incaica, junto a la cual se había construido un templo dedicado al sol. Para custodiar el templo, que albergaba muchas riquezas, además de los centinelas había, dice Cieza de León, “un león (puma) y un tigre (otorongo) muy fieros”, allí mantenidos por orden de Huayna Cápac. Con su habitual osadía, los españoles eligieron ese lugar para hacer su primer desembarco. Garcilaso de la Vega así relata el extraordinario episodio:

             “En Tumpiz obró el Señor una de sus maravillas a favor de la fe católica y de aquellos naturales, para que lo recibiesen; y fue que, habiendo surgido el navío cerca del pueblo, les nació a los españoles el deseo de saber qué tierra era aquélla, porque la vieron más poblada y con edificios más suntuosos que los que hasta allí habían visto; pero no sabían cómo poderlo saber (sic), porque ni osaban enviar uno de ellos, porque los indios no lo matasen, ni se atrevían a ir todos juntos, porque corrían el mismo peligro. En esta confusión salió Pedro de Candía, con ánimo varonil y con fe y confianza de cristiano, y dijo: ‘Yo determino ir sólo a ver lo que hay en este valle. Si me mataren, poco o nada habréis en perder un compañero solo; y si saliere con nuestro deseo, habrá sido mayor vuestra victoria’. Diciendo esto se puso sobre el vestido una cota de malla que le llegaba a las rodillas y una celada (yelmo) de hierro de las muy bravas y galanas que llevaban, y una rodela de acero, y su espada en la cinta, y en la mano derecha una cruz de palo de más de una vara de medir en alto, en la cual (se) fijaba más que en sus armas, por ser insignia de nuestra redención. (...) Así salió de entre sus compañeros, rogándole que le encomendase a Dios; fue al pueblo, paso ante paso, mostrando un semblante grave y señoril, como si fuera señor de toda aquella provincia. Los indios, que con la nueva del navío estaban alborotados, se alteraron mucho viendo un hombre tan grande, cubierto de hierro de pies a cabeza, con barbas en la cara, cosa por ellos nunca vista ni aun imaginada. Los que lo toparon por los campos se volvieron tocando alarma. Cuando Pedro de Candía llegó al pueblo, halló la fortaleza y la plaza llenas de gente apercibida con sus armas. Todos se admiraron de ver una cosa tan extraña; no sabían qué decir ni osaron hacerle mal, porque les parecía cosa divina. Para hacer experiencia de quien era, acordaron los principales, y el curaca con ellos, echarle el león y el tigre que Huayna Cápac les mandó guardar para que lo despedazaran, y así lo pusieron en obra”.

Pero al soltarle los terribles felinos, ocurrió lo que nadie esperaba:

             “Aquellos fieros animales, viendo al cristiano y la señal de la Cruz, que es lo más cierto, se fueron a él, perdida la fiereza natural que tenían, y, como si fueran dos perros que él hubiera criado, le halagaron y se echaron a sus pies. Pedro de Candía, considerando la maravilla de Dios Nuestro Señor, y cobrando más ánimo con ella, se bajó a traer (pasar) la mano por las cabezas y lomos de los animales, y les puso la cruz encima, dando a entender a aquellos gentiles que la virtud de aquella insignia amansaba y quitaba la ferocidad de las fieras. Con lo cual acabaron de creer los indios que era hijo del Sol...”

Con este trascendental prodigio, que infundió en los aborígenes la creencia en el poder maravilloso de la Cruz y preparó así su conversión definitiva, comenzaba a gestarse nuestro Perú católico. Milagros semejantes permitieron después a aquella naciente cristiandad afirmarse y prosperar. Y, tanto cuanto sea necesario, será igualmente milagroso su resurgir como la gran nación católica del siglo XXI, que estamos llamados a ser. Esa esperada regeneración es un designio de la Providencia, y será también obra de verdaderos hombres de Fe, que con el mismo “ánimo varonil” y la misma confianza de Pedro de Candía, resuelvan ser eficientes de la gracia de Dios.






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