El Dogma de la Inmaculada Concepción PRIMER MARCO DEL RESURGIMIENTO CONTRA-REVOLUCIONARIO (*) Plinio Correa de Oliveira ("Catolicismo" No 86, Febrero de 1958)
Al definir el dogma de la Inmaculada Concepción, el Papa Pío IX despertó en todo el mundo civilizado, repercusiones al mismo tiempo dispares y profundas. Por un lado, en gran parte de los fieles, la definición del dogma suscitó un entusiasmo inmenso. Ver a un Vicario de Jesucristo erguirse en la plenitud y en la majestad de su poder, para proclamar un dogma en pleno siglo XIX, era presenciar un desafío admirablemente altanero y arrojado al escepticismo triunfante, que ya entonces corroía hasta las entrañas la civilización occidental. Además de eso, el dogma era marial. Ahora bien, el liberalismo, otra plaga del siglo XIX, tiende por su propia naturaleza al interconfesionalismo, a la afirmación de todo lo que las varias religiones tienen en común (lo que en último análisis se reduce a un vago deísmo), y a una subestimación, cuando no a un formal rechazo de todo cuanto las separa. Así, la proclamación de un nuevo dogma mariano - precisamente como ocurrió en ciertos sectores doctrinarios con la definición reciente de la Asunción - se figuraba a los interconfesionalistas ocultos o declarados de 1854, una seria e inesperada barrera para la realización de sus designios. Más aún, el nuevo dogma, considerado en sí mismo, chocaba a fondo el espíritu esencialmente igualitario de la Revolución, que a partir de 1789 reinaba despóticamente en Occidente. Ver a una simple criatura de tal manera elevada sobre todas las otras por un privilegio inestimable, concedido en el primer instante de su ser, era algo que no podía ni puede dejar de doler a los hijos de la Revolución, que proclamaban la igualdad absoluta entre los hombres, como el principio de todo orden, de toda justicia, de todo bien. A los no católicos, como a los católicos más o menos infectados del espíritu de 1789, les dolía aceptar que Dios hubiese instalado con tanto realce en la Creación, un elemento de tan caracterizada desigualdad. Por fin, la propia naturaleza del privilegio es antipática para espíritus liberales. Si alguien admite el pecado original, con toda la secuela de desarreglos del alma y miserias del cuerpo que él acarreó, hay que aceptar que el hombre precisa de una autoridad, a cuyo imperio tiene que vivir sujeto. Ahora bien, la definición de la Inmaculada Concepción implicaba en una reafirmación implícita de la enseñanza de la Iglesia a este respecto. Entretanto, más allá de todo lo que esto significa, no estaba sólo en esto lo que osaríamos llamar la "sal" del glorioso acontecimiento de la definición del dogma. Es imposible pensar en la Virgen Inmaculada, sin al mismo tiempo recordar la serpiente cuya cabeza Ella aplastó triunfal y definitivamente con el talón. El espíritu revolucionario es el propio espíritu del demonio, y sería imposible para una persona de Fe, no reconocer la parte que el demonio tiene en el aparecimiento y en la propagación de los errores de la Revolución, desde la catástrofe religiosa del siglo XVI, hasta la catástrofe política del siglo XVIII, y todo cuanto a ésta se siguió. Ahora bien, ver así afirmado el triunfo de su máxima, de su invariable, de su inflexible enemiga, era para el poder de las tinieblas la más horrible de las humillaciones. De donde un concierto de voces humanas y rugidos satánicos por todo el mundo, semejante a una inmensa y fragorosa tempestad. Ver que contra esa tempestad de pasiones inconfesables, de odios amenazadores, de desesperaciones furiosas, se erguía sola e intrépida, la figura majestuosa del Vicario de Cristo, desarmada de todos los recursos de la tierra y confiada solamente en el auxilio del Cielo, era fuente para los verdaderos católicos de un júbilo igual al que sintieron los Apóstoles, viendo erguirse en la tempestad desencadenada sobre el lago Genezareth, la figura divinamente varonil del Salvador, mandando soberanamente a los vientos y a los mares: "venti et mare obediunt Ei" (Mt. 8, 27). Así como todos los generales y gobernadores del Imperio Romano se dejaron derrotar o huyeron en desbandada delante de los Hunos, así también delante de la Revolución estaban en deplorable derrota o desbandada, y en número incontable, los que en la sociedad temporal deberían defender la Iglesia y la civilización cristiana. Las condiciones de florecimiento de la Iglesia A su vez, hay para la Iglesia tres condiciones de florecimiento tan esenciales, que se aventajan sobre todas las otras. La revista "Catolicismo", de ellas ya ha hablado mucho. Entretanto, nunca será suficiente insistir. Antes que todo, está la piedad eucarística. Nuestro Señor presente en el Santísimo Sacramento, es el sol de la Iglesia. De Él nos vienen todas las gracias. Pero estas gracias tienen que pasar por María. Pues es Ella la medianera universal, por quien vamos a Jesús y por quien Jesús viene a nosotros. La devoción mariana intensa, esclarecida, filial, es pues la segunda condición para el florecimiento de la virtud. Si Nuestro Señor, en el Santísimo Sacramento está presente, pero no nos habla, su voz se hace oír para nosotros a través del Sumo Pontífice. De donde la docilidad al Sucesor de San Pedro, es el fruto propio y lógico de la devoción a la Sagrada Eucaristía y a Nuestra Señora. Así pues, cuando estas tres devociones florecen, más temprano o más tarde la Iglesia triunfa. Y, a contrario sensu, cuando ellas están declinando, más tarde o más temprano la civilización cristiana decae. La Inmaculada Concepción De mucho tiempo para acá, los ambientes católicos de Europa y de América venían siendo trabajados por una verdadera lepra, que era el jansenismo. Esa herejía tenía en la mira precisamente enflaquecer la Iglesia minando la devoción al Santísimo Sacramento, bajo las apariencias de un falso respeto. Exigía tales disposiciones para aproximarse de la Sagrada Mesa, que las personas - desgraciadamente muy numerosas - por ella influenciadas, dejaban casi completamente de comulgar. De otro lado, el jansenismo movía una campaña insistente contra la devoción a Nuestra Señora, que acusaba de desviar de Jesucristo en lugar de conducir a Él. Y por fin, esa herejía movía una lucha incesante contra el Papado, y especialmente contra la infalibilidad del Sumo Pontífice. La definición del dogma de la Inmaculada Concepción fue el primero de los grandes reveses sufridos por el enemigo interno. En efecto, nació de ahí un inmenso manantial de piedad mariana, que se viene agrandando cada vez más. Para probar que todo nos viene por María, quiso la Providencia que fuese marial el primer gran triunfo. Lourdes Pero, para glorificar aún mejor a su Madre, Nuestro Señor hizo más. En Lourdes, como estruendosa confirmación del dogma, hizo lo que nunca antes se viera: instaló en el mundo el milagro, por así decir, en serie y a título permanente. Hasta entonces, el milagro apareciera en la Iglesia esporádicamente. Pero en Lourdes, las curaciones científicamente comprobadas y de origen más auténticamente sobrenatural, se dan hace cien años, a bien decir, como un chorro continuo, ante los ojos de un siglo confuso y desnorteado. La infalibilidad De este brasero de Fe, encendido con la definición de la Inmaculada Concepción, se desprendió como una llama, un inmenso anhelo. Los mejores, los más doctos, los más calificados elementos de la Iglesia deseaban la proclamación del dogma de la infalibilidad papal. Más que nadie lo quería el gran Pío IX. Y de la definición de este dogma brotó para el mundo un manantial de devoción al Papa, que constituyó para la impiedad una nueva derrota. La Sagrada Eucaristía Por fin vino el Pontificado de San Pío X, y con él la invitación a los fieles para la Comunión frecuente e incluso diaria, así como para la comunión de los niños. Y la era de los grandes triunfos eucarísticos comenzó a brillar radiante, para toda la Iglesia. Con todo esto, la atmósfera jansenista fue barrida de dentro de los ambientes católicos. El fermento modernista y más tarde el fermento neo-modernista, no consiguieron anular las grandes victorias que la Iglesia alcanzara contra sus adversarios internos. Un triunfo inmenso y frustrado Más, se podría preguntar, ¿qué resultó de ahí para la lucha de la Iglesia con sus adversarios externos? ¿No se diría que el enemigo está más fuerte que nunca, y que nos aproximamos de aquella era soñada por los "iluministas" hace tantos siglos, de naturalismo científico, crudo e integral, dominado por la técnica materialista, de la república universal ferozmente igualitaria, de inspiración más o menos filantrópica y humanista, y de cuyo ambiente sean barridos todos los resquicios de una religión sobrenatural? ¿No está ahí el comunismo, no está ahí el peligroso deslizar de la propia sociedad occidental, pretendidamente anticomunista, pero que en el fondo también camina para la realización de este ideal? Sí. Y la proximidad de este peligro es incluso mayor de lo que generalmente se piensa. Pero nadie presta atención para un hecho de importancia primordial. Es que en cuanto el mundo va siendo modelado para la realización de este siniestro designio, un profundo, un inmenso, un indescriptible malestar se va apoderando de él. Es un malestar muchas veces inconsciente, que se presenta vago e indefinido hasta incluso cuando es conciente, pero que nadie osaría contestar. Se diría que la humanidad entera sufre violencia, que está siendo puesta en una "horma" que no conviene a su naturaleza, y que todas sus fibras sanas se contuercen y resisten. Hay una aspiración inmensa por otra cosa, que aún no se sabe cuál es. Pero, en fin, hecho tal vez nuevo desde que comenzó, en el siglo XVI, el declinar de la civilización cristiana, el mundo entero gime en las tinieblas y en el dolor, precisamente como el hijo pródigo, cuando llegó a lo último de la vergüenza y de la miseria, lejos del hogar paterno. En el propio momento en que la iniquidad parece triunfar, hay algo de frustrado en su aparente victoria. La experiencia nos muestra que es de descontentamientos así que nacen las grandes sorpresas de la historia. A medida que la contorsión se acentuare, se acentuará también el malestar. ¿Quién podrá decir qué magníficos sobresaltos no podrán provenir de allí? En el extremo del pecado y del dolor, está muchas veces para el pecador, la hora de la misericordia divina… Ahora bien, este sano y promisorio malestar es, a mi ver, un fruto de la renovación de la fibra católica, por causa de los grandes acontecimientos que arriba enumeré, resurrección ésta que repercutió favorablemente sobre lo que había de restos de vida y de sanidad, en todas las áreas de cultura del mundo. El gran momento histórico Fue por cierto un gran momento, en la vida del hijo pródigo, aquel en que su espíritu embotado por el vicio, adquirió nueva lucidez, y su voluntad nuevo vigor, en la meditación de la situación miserable en que cayera, y de la torpeza de todos los errores que lo habían conducido hacia fuera de la casa paterna. Tocado por la gracia, se encontró con más claridad que nunca, delante de la gran alternativa: o arrepentirse y volver, o perseverar en el error y aceptar hasta el más trágico final sus consecuencias. Todo cuanto una educación recta implantara de bueno, como que renacía maravillosamente en ese instante providencial. En cuanto que, de otro lado, la tiranía de los malos hábitos en él se afirmaba quizás más terrible que nunca, se dio el embate interno. Él escogió el bien. Y el resto de la historia, por el Evangelio ya lo conocemos. ¿No nos estaremos aproximando de ese momento? Todas las gracias acumuladas para la humanidad pecadora, por ese nuevo manantial de devoción a la Sagrada Eucaristía, a Nuestra Señora y al Papa, ¿no producirán, precisamente en los lances trágicos de una crisis apocalíptica que parece inevitable, la gran conversión? La enseñanza de Lourdes El futuro sólo Dios lo conoce. A nosotros, los hombres, nos es lícito, entretanto, conjeturarlo según las reglas de verosimilitud. Estamos viviendo una terrible hora de castigos. Pero esta hora también puede ser una admirable hora de misericordia. La condición para esto es que miremos para María, la Estrella del Mar, que nos guía en medio de las tempestades. Durante cien años, movida de compasión por la humanidad pecadora, Nuestra Señora ha alcanzado para nosotros los más estupendos milagros. ¿Esta piedad acaso se habrá extinguido? ¿Tienen fin las misericordias de una Madre, y de la mejor de todas las Madres? ¿Quién osaría afirmarlo? Si alguien dudase, Lourdes le serviría de admirable lección de confianza. Nuestra Señora ha de socorrernos. Lourdes y Fátima Ha de socorrernos. Expresión en parte verdadera y en parte falsa. Pues en la realidad Ella ya comenzó a socorrernos. La definición de los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la infalibilidad papal, la renovación de la piedad eucarística, tiene su proseguimiento en los fastos marianos de los pontificados que se siguieron al de San Pío X. Nuestra Señora apareció en Fátima, bajo Benedicto XV. Precisamente en el día en que Pío XII era consagrado Obispo, el 13 de Mayo de 1917, se dio la primera aparición. Bajo Pío XI, el mensaje de Fátima se fue esparciendo suave y seguramente por toda la tierra. En esa misma ocasión, el 75o aniversario de las apariciones de Lourdes fue festejado por el Sumo Pontífice con singular júbilo, habiendo delegado al entonces Cardenal Pacelli, para representarlo en las festividades. El pontificado de Pío XII se inmortalizó por la definición del dogma de la Asunción y por la coronación de Nuestra Señora como Reina del Mundo. En ese pontificado, el Emmo. Cardenal Masella, tan querido de los brasileños, coronó, en nombre del Papa Pío XII, la imagen de la Santísima Virgen en Fátima. Son otras tantas luces que, de la gruta de Masabielle a Cova de Iría, constituyen un hilo brillante. Y este artículo se detiene en Fátima. Nuestra Señora delineó perfectamente en sus apariciones, la alternativa. O nos convertimos, o un tremendo castigo vendrá. Más al fin el Reinado del Inmaculado Corazón se establecerá en el mundo. En otros términos, de cualquier manera, con más o con menos sufrimientos para los hombres, el corazón de María triunfará. Lo que quiere decir, al final, que, de acuerdo con el mensaje de Fátima, los días del dominio de la impiedad están contados. La definición del dogma de la Inmaculada Concepción marcó el inicio de una sucesión de hechos que conducirá al Reinado de María.
(*) “Revolución y Contra-Revolución”: ensayo histórico-filosófico (1959), obra máxima del Profesor Plinio Correa de Oliveira, en la cual el ilustre pensador y hombre de acción católico brasileño, fundador e inspirador de las sociedades de defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, analiza y denuncia el proceso de profunda decadencia de principios y valores en todo Occidente - la Revolución- a partir del Humanismo naturalista y del Renacimiento, hasta los días de hoy. En la segunda parte de este ensayo - la Contra-Revolución- el Prof. Correa de Oliveira analiza el proceso opuesto a esta decadencia, sus métodos y su caminar hacia la restauración plena del Orden, que él define como la paz de Cristo en el Reino de Cristo. El acierto y clarividencia de esta obra ha sido reconocido por altos dignatarios de la Iglesia y personalidades del mundo entero. La segunda edición en español cuenta con un prólogo de quien fuera por muchos años Nuncio Apostólico en el Perú, Mons. Rómolo Carboni, y que fue posteriormente promovido a la Nunciatura Apostólica ante el gobierno italiano.
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Lo que, entretanto, es menos conocido por el gran público, es la relación de esos grandes hechos con los problemas de mediados del siglo XIX, tan diversos de los de hoy, pero al mismo tiempo tan y tan parecidos con ellos.
