Desafiando la Ley de la gravedad Plinio Corrêa de Oliveira
El hombre de nuestros días, en contacto con los cartujos, los creería almas anquilosadas, sin estimulo ni vitalidad, ni alguna forma de dinamismo. Ahora, dos espléndidas realizaciones de esos religiosos, fuertemente contrastantes aunque armónicas, desmienten esa falsa impresión: Son ellos los creadores del internacionalmente famoso licor chartreuse y de los espléndidos y no menos famosos caballos cartusianos. El lector puede contemplar en esta pagina un magnifico ejemplar de esa raza. Bajo el cielo de Andalucía (España), desplazándose sobre el campo raso y abierto de una alegre mañana asoleada, un caballero radiante de victoria y de gloria realiza una de las mas bellas y expresivas manifestaciones del coraje humano: la fuerza de osar y de avanzar. Hay una innegable belleza en contemplar a un hombre que fluctúa sobre las incertidumbres de los mares rumbo a un destino distante. Se percibe además, una especie de dominio psicológico del caballero con relación al caballo, de manera que la osadía de aquél se refleja en éste como en un espejo. ¡Es una sola osadía, un solo lance en un solo vuelo! La luz que se refleja sobre el caballo -de manera a realzarle la musculatura y la fuerza del cuerpo, lo que hace de él una especie de aeronave viva rasgando los aires- no podría haber sido imaginada tan bella por ningún artista. Contribuye extraordinariamente a la perfección de la escena el movimiento del tejido que el caballero trae al cuello. El viento levanta este adorno como el caballero al caballo. Y hay en ese tejido una como que palpitación de la victoria y la gloria alcanzadas por el caballero en el completo dominio de la situación. La crin del animal que ondea al viento es también de una belleza que se diría pictórica y perfecta. Se asemeja a una llamarada escultural, entretanto llena de movimiento. La mirada del caballo parece devorar el peligro y su boca masticar el riesgo. Con todo, avanza confiando en el dominio de quien lo guía y se diría que sus patas delanteras esbozan un elegante reposo. Hay en él un equilibrio de los nervios, una flexibilidad y obediencia perfectas. Estamos en presencia, propiamente, de una bella expresión del autentico heroísmo humano, el cual no consiste tanto en el poder de destruir, cuanto en enfrentar el riesgo. Tal noción, el hombre pragmático, securitario y tantas veces vil de nuestros días la perdió de modo casi completo, si no enteramente. ¡Que la esplendorosa escena nos sirva de lección y de ejemplo!
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¡Pero qué belleza la de nuestro caballero! Parece navegar por los aires en circunstancias que lo distinguen de cualquier piloto de avión: Él no conduce una máquina, sino un ser vivo, cuya vitalidad y mutabilidad es gobernada superiormente por él. Es admirable la fuerza con que el caballo, tan bien conducido, consigue vencer la atracción de la gravedad y se eleva en el aire.
