Dios y el huracán

Cortesía de Tradición y Acción por un Perú Mayor

Muchos lectores nos han indagado sobre qué pensar del devastador huracán Katrina, que hace unas semanas asoló cuatro estados norteamericanos ubicados al norte del Golfo de México.
 
La pregunta es comprensible, pues dicho huracán ya es considerado la mayor catástrofe natural ocurrida en toda la historia de los Estados Unidos, y sucede pocos meses después de otra gran calamidad, el tsunami que barrió las costas de Asia en diciembre pasado. La ciudad de Nueva Orleans, en Louisiana, ha sido el área más afectada: el 80 % de su casco urbano quedó bajo las aguas, obligando a evacuar a todos sus habitantes debido al riesgo de epidemias, en un dantesco escenario de cuerpos flotantes, casas inhabitables, aguas putrefactas mezcladas a la llamada “sopa tóxica” de residuos domésticos e industriales, invasión de caimanes procedentes de la colapsada represa Pontchartrain para devorarse cadáveres insepultos, calor sofocante, olores fétidos, saqueos, tiroteos... En suma, un cuadro bien diverso de las sonrientes imágenes American dream que Hollywood propagaba. De los 800 muertos oficialmente reportados hasta el cierre de esta edición, la mayoría (cerca de 500) corresponden a Nueva Orleans.

Tras el paso del huracán, el noticiario es dominado por la controversia acerca de posibles deficiencias de los organismos gubernamentales de defensa civil, antes y después del asolador fenómeno. Pero esa discusión, por más pertinente que sea, no puede hacernos olvidar el aspecto más importante y decisivo de la tragedia, relacionado con una cuestión crucial: ¿por qué ocurrió esta catástrofe? ¿porqué Dios la permitió?
Nueva Orleans 2005: Pecado contra naturaleza, depravación, matanza de inocentes...
Ciertos datos reveladores sugieren por sí mismos la respuesta. Desde los años 70 Nueva Orleans se había transformado en una ciudad emblemática de las peores formas de corrupción moral que hoy campean en Occidente. Se la llamaba “Ciudad del pecado”. Su centro histórico fue siendo ocupado por homosexuales, que desde 1972 celebran allí una suerte de orgía anual, expresivamente denominada “Southern Decadence” (“Decadencia Sureña”). Cada año aumentaba el número de sus participantes, y también la extravagancia y desenfreno a que éstos se entregaban, hasta el punto que podían verse en las calles del Barrio Francés –el más tradicional y bello de la ciudad– sodomitas ebrios o drogados practicando actos sexuales en plena vía pública, sin que las autoridades adoptasen cualquier medida para cohibirlos. Incluso los tres últimos alcaldes de la ciudad, ignorando las protestas del público, continuaron dando la bienvenida a la bacanal, saludándola como un “evento excitante”. Según sus organizadores, el año pasado “Southern Decadence” habría reunido a más de 100.000 “revelers” (juerguistas) homosexuales masculinos.
 
Por otro lado, en las últimas décadas el antiguo carnaval de la ciudad, que data del siglo XIX, se había corrompido tanto que se volvió costumbre que el Mardi gras — último día del festejo — hombres ebrios ofrecieran baratijas a mujeres en igual condición, a cambio de que éstas protagonizaran en las calles exhibiciones obscenas indescriptibles.  

Además, Louisiana es conocida como una meca de abortistas. De las diez clínicas de aborto existentes en dicho estado, cinco funcionaban en Nueva Orleans.

Así, en aquella ciudad convergían el pecado contra naturaleza público y desafiante, el desenfreno moral, y la matanza de inocentes a millares, todo con apoyo oficial... ¿Esto no caracteriza un clamoroso desafío a Dios? ¿Y el huracán que la devastó, no podría ser una señal de que la paciencia divina se está agotando?
Sugestivas coincidencias
Ciertas correlaciones de hechos refuerzan esta hipótesis. Estaba previsto que este año el “Southern Decadence” comenzaría el 31 de agosto. Pero la furia del huracán se le anticipó en 72 horas; y motivó el desborde del lago Pontchartrain el día 30, víspera del comienzo del festejo, que ahogó definitivamente las expectativas de placer infame en un mar de devastación, luto y tragedia... Todos sintieron lo que tal coincidencia sugería. El presidente del Concejo Municipal, que había autorizado el evento, se aventuró a decir: “Tal vez Dios esté queriendo limpiarnos”.

Pero hay otra coincidencia más elocuente aún. Muchos de nuestros lectores ya conocen que en el año 1972 la famosa imagen Peregrina Internacional de Nuestra Señora de Fátima, que desde hace cinco décadas recorre el mundo propagando su mensaje de conversión y enmienda de vida, cuando era venerada en una iglesia norteamericana comenzó repentinamente a verter lágrimas, ante decenas de atónitos espectadores. El fenómeno se repitió varias veces durante dos días, y atrajo la atención no sólo de religiosos y de incontables fieles, sino también de agencias noticiosas internacionales. Fue así que una bellísima fotografía de la imagen en lágrimas se difundió por todo el mundo. Sin embargo, el párroco local, P. Elmo Romagosa, temiendo que se tratase de un fraude, determinó que la imagen fuese sometida a varias pruebas científicas en los precisos momentos que las lágrimas corrían, lo que permitió verificar que ningún líquido le había sido inoculado, y que se trataba de auténticas lágrimas humanas.

Este extraordinario fenómeno de repercusión mundial se dio precisamente... en Nueva Orleans, el mismo año en que se iniciaba “Southern Decadence”.
“Lágrimas, milagroso aviso”, la previsión que no faltó
Hoy, después del huracán, nadie en su sano juicio osaría considerar “casualidad” tal coincidencia de hechos, ni negar la posible conexión de ambos con el catastrófico fenómeno de este año, que obligó a cancelar la bacanal. Pero hace 33 años, cuando el llanto se produjo, pocos se hubieran atrevido a chocar con el optimismo en boga, y sostener que presagiaba un castigo divino.

Hubo, sin embargo, quien con valentía y discernimiento verdaderamente proféticos, no dudase en señalar esa probabilidad: fue el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, que en su columna semanal del diario “Folha de S. Paulo” de 6-8-1972, bajo el título Lágrimas, milagroso aviso, afirmó:  

  “El misterioso llanto nos muestra a la Virgen de Fátima llorando sobre el mundo contemporáneo, como otrora Nuestro Señor lloró sobre Jerusalén. Lágrimas de afecto tiernísimo, lágrimas de dolor profundo, en la previsión del castigo que vendrá.
“Vendrá para los hombres del siglo XX, si no renuncian a la impiedad y a la corrupción (…) ¡Todavía hay tiempo, pues, de apartar el castigo!”.


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Si relacionamos el huracán Katrina con el pavoroso tsunami que unos meses antes, el 7 de diciembre, arrasó otro foco de corrupción moral, las playas del Indíco — también covertidas en antros de “turismo sexual”, donde incluso se hacía objeto de comercio nefando a miles de niños — ambos hechos parecen indicar que hemos entrado en una nueva economía de la gracia de Dios. Y que se estaría cerrando la era de los avisos divinos, como lo fueron por excelencia los mensajes de la Santísima Virgen en Lourdes, La Salette y Fátima, para ingresar en otra era, de hechos concretos a través de los cuales Dios manifestaría su severidad con la humanidad impenitente, como medio extremo y misericordioso de atraerla hacia su conversión y regeneración. 




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