La verdad ocultada sobre el fundamentalismo islámico

Luis Dufaur


 El virus de la revolución anticristiana occidental inoculado en el mahometanismo generó el monstruo fundamentalista

                  Desde los atentados del 11 de septiembre, el Islam es el gran tema de la prensa. Se citan y comparan sus múltiples corrientes –enormemente subdivididas–. Se especula de forma superficial sobre las moderadas y las radicales y se investigan sus complejas divisiones étnicas y culturales. Celebridades islámicas, en realidad totalmente desconocidas, se presentan a Occidente y los términos árabes se utilizan como si todo el mundo los entendiera. Después de ese bombardeo psicológico, el lector cierra el diario –o apaga la TV- con la sensación de no haber recibido una información objetiva y clara de la realidad.

                Un aspecto capital de la temática parece ser ocultado meticulosamente: ¿qué es en realidad ese fundamentalismo islámico? ¿Se identifica con Mahoma y el Corán? ¿Y si no es así, qué es entonces?

                Por otro lado, ¿por qué la izquierda más ardorosa de Occidente, particularmente la llamada izquierda católica, apenas disfraza su simpatía por los talibanes fundamentalistas? ¿Por qué veintitrés obispos de Brasil, Argentina y México criticaron duramente los ataques anglo-americanos a Afganistán, comparándolos a los actos terroristas, con el agravante, dicen ellos, de que son practicados por “gobiernos que se presentan como democráticos, civilizados y cristianos? (“O Estado de S. Paulo”, 23-10-01). Al final, por detrás de las apariencias, existe un fondo común que une la izquierda progresista al fundamentalismo islámico? 

Islam: mundo hasta hace poco desconocido y poco significativo para Occidente

                 El Islam, como creencia religiosa, está esparcido a través de una inmensidad de pueblos que van desde el Atlántico hasta la Polinesia. El fatalismo y la sensualidad exacerbada de la religión de Mahoma lanzaron a esta fracción de la humanidad, en amplia medida, en el miserabilismo más radical. Hasta hace poco, su multisecular entorpecimiento apenas se veía perturbado por disputas locales.

                La afluencia de petrodólares, que debería significar un avance del progreso moderno en los dominios del Islam, no parece haber eliminado esta parálisis. Sólo un puñado de emires, sheiks y sultanes derrocha millones en lujos exhibicionistas, en general de mal gusto y frecuentemente inmorales, mientras la masa de la población –siguiendo las enseñanzas del “profeta”- vegeta a la sombra del festín de los hiper-ricos.

                La desproporción entre la organización y la pujanza del Occidente nacido de la Civilización Cristiana –aunque hoy profundamente corrompido por el neopaganismo- y el desorden e inmovilismo de la pesada herencia de Mahoma se volvió abismal. En el siglo XIX casi todas las tierras musulmanas estaban bajo el control de las naciones europeas, ricas y dinámicas.

 Si la parálisis no genera movimiento, ¿de dónde vino ese dinamismo?

                 A comienzos del siglo XX, en ese magma secularmente esclerosado, explotó una tendencia nueva llamada fundamentalismo. Ésta es activa, agresiva, modernizada en sus técnicas, muchas veces terrorista. Y súbitamente, pasó a amenazar el orden mundial occidental neopaganizado, ex – cristiano, “señor del universo”.

                Dice el adagio popular que “nadie da lo que no tiene”. Como la parálisis no genera movimiento, el dinamismo sólo podía venir de quien lo tuviese. Una rápida mirada a las biografías de los líderes islámicos fundamentalistas muestra que, en su mayoría, se formaron en universidades de Occidente o en escuelas equivalentes occidentalizadas de Oriente. Sus escritos reproducen las mismas ideas que corroen las bases cristianas de nuestras sociedades occidentales. Es como si el virus revolucionario occidental hubiera sido aplicado en un caldo de cultura estancado, produciendo una infección explosiva, con características propias, pero con el mismo origen occidental.

                El jefe terrorista Bin Laden es un ejemplo característico de ese proceso de laboratorio de la Revolución. Hijo de millonarios, fue educado en el selectísimo colegio Le Rosey, en Suiza. Su juventud fue la de un play-boy del jet set, en medio de lujos y escándalos en las capitales occidentales y en Arabia Saudita[1]. Sí, del jet-set, tan del gusto de las izquierdas, aún de las tribalistas.

                Hassan el-Turabi, el ideólogo del régimen perseguidor de los cristianos de Sudán, se diplomó en Oxford y la Sorbonne. Ali Benadi y Abasi Madani, líderes fundamentalistas de Argelia, aprendieron sus doctrinas y técnicas subversivas en Europa. Los secuaces inmediatos de Bin Laden también provienen de ambientes cultos y ricos. La lista es interminable...

                El estudioso francés Roger du Pasquier constata: “Los teóricos de mayor autoridad en el seno de los movimientos integristas y activistas comprometidos del mundo musulmán, a pesar de su rechazo formal y superficial de Occidente, manifiestan en realidad una contaminación de pensamiento de las concepciones occidentales modernas”. ¿Qué concepciones? Y aclara: “Las de las fuerzas subversivas que desde hace dos siglos han provocado tantas revoluciones y violencias en Occidente, Oriente y hasta en China”[2]. O sea, el socialismo y el comunismo, no en sus fórmulas ya fracasadas, sino en versiones más actualizadas, como veremos. Retenga esta idea, lector, y verá que puede ser la llave para comprender muchos de los acontecimientos actuales.

 Destacados promotores de la Revolución anticristiana en Occidente se vuelven  islamitas

                 Hace años, figuras comprometidas con la Revolución político-social y cultural que mina los fundamentos cristianos de Occidente se pasan al Islam, sin renunciar a sus ideas. Por ejemplo, Roger Garaudiy, ex responsable del Partido Comunista Francés para las relaciones con las religiones, ahora predica el comunismo como vía superior para alcanzar las metas utópicas de Marx y Lenín. Cat Stevens, pop-star del rock, también se pervirtió y financia una ONG islámica[3]. Lo mismo hicieron, entre otros, el ecologista Jacques Cousteau, el coreógrafo Maurice Béjart, los cantantes Richard y Linda Thompson, el campeón mundial de boxeo Cassius Clay, que ingresó a los Black Muslims, movimiento filo-marxista liderado por Malcolm X, otro converso musulmán.

 Primeras tentativas de inoculación revolucionaria en el Islam

                 En los siglos de estancamiento, hubo tentativas de reencender el furor anticristiano islámico. Pero no pasaron de casos aislados. Por ejemplo, Muhammad Ibn Abdel Wahhab (1703-1787) formó una cofradía radical –el waabismo- que sería desconocida si, en la Primera Guerra Mundial, sus escasos seguidores no se hubieran aliado a Inglaterra contra Turquía. Después del conflicto, recibieron como recompensa el reino de Arabia Saudita.

                Fue a fines del siglo XIX y en el siglo XX, cuando creció la penetración de las ideas revolucionarias occidentales en el mundo musulmán. Dajmal el-Din Afgani (1839-1897), desde Londres atizó la insurrección iraní. Muhammad Ab-duh (1849-1905), su continuador, predicó ideas progresistas europeas, de tipo anticolonialista. En la India, Sayed Ahamad Kahn (1817-1898), que ostentaba el título de Sir inglés, creó el centro de pensamiento nacionalista musulmán, del cual salieron los padres de Paquistán (el país de los puros). Otro Sir inglés, formado en Oxford, Heidelberg y Munich, admirador de Hegel, Niestzche y Bergson, Muhammad Iqbal (1873-1938), fue quien formuló la idea y el nombre del actual Paquistán. Elogiaba al marxismo y trató de realizar la síntesis del socialismo con la doctrina de Mahoma. Su discípulo, Abdul Ala Maududi (1903-1979), fuertemente modernista, predicó una tercera vía entre capitalismo y comunismo, siendo considerado el padre del fundamentalismo moderno[4].

 De la noche a la mañana: de Marx a Khomeini

                 En la famosa revolución de Khomeini, en Irán, iniciada en 1979, numerosos militantes de izquierda se volvieron fundamentalistas. El intelectual cristiano-marxista Gahli Chuckri narra: “Entre los aspectos que todavía están presentes a nuestros ojos, figura el hecho de ver que pensadores conocidos por su pasado marxista se transformaron, en un abrir y cerrar de ojos, en islamitas convictos. Sí, pensadores que pertenecen por su acta de bautismo al Cristianismo, se transformaron, de la noche a la mañana, en musulmanes extremistas; pensadores que pertenecen  culturalmente a Occidente y al modernismo, ¡se convirtieron en extremistas fanáticos sin ninguna formalidad ni restricción![5].

                El Partido Comunista Iraní (Tudeh) aprobó la revolución de los ayatolas: “El contenido del proceso de la evolución histórica toma hoy un aspecto religioso. Para los marxistas, es perfectamente natural. Esta revolución anti-imperialista, antidictatorial y popular fue hecha de acuerdo a las palabras de orden del Islam y bajo la dirección de un jefe religioso célebre en Irán, el imán Khomeini”[6].

                A su regreso de París, Khomeini creó la organización terrorista Hezbollah. El discurso de la fundación del organismo fue una paráfrasis del satánico grito de Marx y Engels “Proletarios del mundo, uníos”: “Hasta hoy –afirmó– los oprimidos estuvieron desunidos y nada se consigue en desunión. Ahora que fue dado un ejemplo de la eficacia de la unión de los oprimidos en tierra musulmana, ese modelo debe ser difundido por todas partes... y tomar el nombre de ‘partido de los oprimidos’, sinónimo de ‘Partido de Dios’, ‘Hezbollah’. Los oprimidos deben reinar sobre la tierra, esa es la voluntad del Altísimo, de Alá”[7]. Como vemos, es el viejo marxismo revestido de musulmán.

                Bruno Étienne, profesor de islamismo en la Universidad de Aix-en-Provence, en Francia, explica la afinidad entre Marx y el fundamentalismo: “La lucha de clases, como Engels la había previsto, sólo desemboca en la revolución cuando puede presentarse en términos religiosos; la finalidad del islamismo radical es totalmente terrena: crear un reino igualitario que derrumbe la arrogancia de los propietarios”[8].

 Develando las profundidades del islamismo

                 Nada pesó tanto en la génesis del fundamentalismo como la asociación egipcia Fraternidad Musulmana o Hermanos Musulmanes. Fue fundada en 1928 por un modesto profesor, Asan al-Banna (1906-1949). “La resurrección del islamismo que se manifiesta hoy en el mundo árabe proviene directa o indirectamente de la organización de los Hermanos Musulmanes”, explica un site islámico americano que publica su biografía[9].

                En una obra clave, al-Banna enseña que el deber de los Hermanos es “expandir el Islam a todos los rincones del globo hasta que no haya más tumultos ni opresión y la religión de Alá prevalezca”. Y que su slogan debe ser: “La muerte en las vías de Alá debe ser nuestra suprema aspiración”[10].

                En la Fraternidad, sunnitas y shiítas se codean y guardan unidad en la acción. En 1989, el régimen de Teherán divulgó un opúsculo que acumulaba ejemplos del acuerdo y la colaboración de sunnitas y shiítas radicales, en el seno de los Hermanos. Reproduce elogios elocuentes de la Fraternidad a Khomeini y viceversa, exalta a al-Banna como al gran artífice de esa unidad[11].

                En sus primordios, la organización se inclinó hacia las ideas nazi-fascistas, nacionalistas, anticapitalistas y antijudaicas, en voga en la Europa de entonces. Tal componente nunca dejó de existir en el movimiento fundamentalista, generalmente con agregados de otros elementos[12].

Sayyid Qutb –el ‘Gramsci’ del fundamentalismo– hace una relectura revolucionaria del Corán

                 Nadie marcó tan a fondo a la Fraternidad Musulmana como Sayyid Qutb (1906-1966). Representó para el fundamentalismo lo que el italiano Gramsci fue para el comunismo. Hizo con Mahoma lo que el pensador peninsular había hecho con Marx: una relectura.

                En Estados Unidos, Qutb conoció el renacimiento pentecostalista protestante, basado en un retorno a los llamados fundamentos. De ahí que el término fundamentalismo sea aplicado al nuevo islamismo, aunque éste jamás lo emplee.

                Qutb revistió las utopías revolucionarias occidentales con la fraseología coránica. Según él, es necesario que el Islam vuelva a su esencia primera, a sus fundamentos. Y reformuló tales fundamentos, parafraseando la doctrina anárquica de la desalienación (nadie debe estar sometido a nadie).

                En su libro-base, enseña: “El Islam es una declaración general a favor de la liberación del hombre en el mundo de la dominación por parte de sus semejantes; el rechazo completo del poder de toda criatura, bajo todas sus formas; el rechazo de toda situación de dominación por organizaciones y situaciones sobre seres humanos, bajo cualquier forma. Cuando el poder está en manos de seres humanos, éstos personifican al Creador, y en consecuencia, sus semejantes los aceptan. Ahora, esto es desconocer y expropiar el poder de Alá, por lo cual estos usurpadores deben ser expulsados. Esto significa la negación del reinado de los seres humanos, para sustituirlo por un reinado divino sobre la Tierra”[13].

                Qutb sabía que un reinado directo de Alá sobre los hombres no es practicable. Proponía entonces un régimen intermediario, en que una organización poco visible conduciría a los pueblos hasta que llegara la hora en que todo gobierno cesaría y los hombres vivirían en contacto directo con Alá. Por lo tanto, una concepción análoga a la de la “vanguardia del proletariado” de Lenín.

Las semejanzas entre el progresismo católico y el fundamentalismo islámico

                 Según el Corán, Dios se reveló primero a Abraham. Como los judíos prevaricaron, se comunicó a Jesús. Los cristianos también falsificaron la revelación divina. Entonces Dios se manifestó a Mahoma. El Corán sería el mensaje definitivo e incorruptible y Mahoma el último de los profetas.

                Qutb explica la “apostasísa” de los cristianos siguiendo el pensamiento del progresismo occidental. Las primeras comunidades cristianas, según él, habrían tenido un contacto directo con Dios, sin intermediarios, autoridades ni doctrinas racionales. Pero el reconocimiento de autoridades jerárquicas y de un Magisterio teológico y pastoral racional trajo la catástrofe. Y añade: “La mayor calamidad fue el triunfo histórico del Cristianismo. Esto ocurrió cuando el Emperador Romano Constantino abrazó la ‘nueva religión’”. Además, según Qutb, sucesivos concilios definieron verdades de fe y reforzaron la autoridad pontificia[14].

                Qutb veía defensores de la “verdadera religión” en los heréticos arrianos, monofisistas y jacobitas, que fueron excomulgados por la Iglesia. La “apostasía”, de acuerdo con su tesis, culminó en la Edad Media. Qutb se enfurece contra el monaquismo medieval, la obediencia y la castidad practicadas por los monjes y frailes. “Fueron introducidos en el Credo –agrega– dogmas abstractos e increíbles, el más sorprendente de los cuales fue el dogma relativo a la Eucaristía, contra el cual se rebelaron Martín Lutero, Juan Calvino y Zwinglio, lanzando las bases del protestantismo”. También execra a la Inquisición, que castigó a Giordano Bruno con la muerte y a Galileo Galilei con la censura eclesiástica”[15] .

                En las herejías y contestaciones a la Iglesia Católica ve señales precursoras de un retorno al mensaje primitivo del Cristianismo, que se encontraría en su plenitud en el Islam. “Europa se rebeló contra el Cristianismo; Europa se rebeló contra las arbitrariedades de los hombres de Iglesia”, se regocija. Pero la Europa rebelada quedó tan marcada por la Iglesia, que no se puede esperar de ella la “salvación”. El europeo, según él, razona lógicamente en todos los temas, hace distinciones, por influencia de la Iglesia pervertida [16].

 Misión del fundamentalismo: completar la revolución anticristiana.

                 Ésa es una de las claves para comprender todo el fenómeno del fundamentalismo islámico. Estamos en la etapa culminante del proceso revolucionario, denunciado y analizado por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en Revolución y Contra-Revolución. Qutb reverencia los “principios de la Revolución Francesa y los derechos de la libertad individual, en el comienzo de la experiencia democrática norteamericana”. Sin embargo lamenta que “esos valores jamás se hayan desarrollado plenamente ni hayan sido jamás realizados por entero. Eran insuficientes para enfrentar las exigencias de una humanidad en evolución”. La salvación, concluye el ideólogo de los Hermanos Musulmanes, no vendrá de Occidente, sino del Islam. Éste completará lo que la rebelión contra el Cristianismo no consiguió hacer[17].

                “Esto exige una operación de resurrección (islámica que) será seguida más temprano o más tarde por la toma de dirección del destino del mundo”[18]. “El Islam está destinado a todo el género humano: su campo de acción es la Tierra, toda la Tierra”[19], en una República Islámica Universal, bajo los efluvios de autoridades religiosas encubiertas por el secreto.

 Erradicar de la Tierra todo vestigio de la Cristiandad

                 He aquí la finalidad del “retorno a las fuentes”: arrojar de la Tierra el último perfume de la Cristiandad que todavía planea sobre los países otrora católicos. O sea, los últimos reflejos sobrenaturales en el orden temporal, que se cuentan entre los frutos más preciosos que los méritos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo atrajeron sobre a la Tierra.

                Qutb expone una visión bastante clara del proceso revolucionario que desde la decadencia de la Edad Media corroe a la Civilización Cristiana. Sin embargo, le añade un desenlace trágico que muy pocos entrevieron: al final de la Revolución anticristiana no existirá un mundo de placeres y libertades, en el cual la ciencia y la técnica eliminarían las enfermedades y la guerra, sino una opresión siniestra, material y mental, bajo el látigo del fanatismo fundamentalista islámico.

 La revolución que supera al comunismo esclerosado

                 Así resume el profesor Olivier Carré las máximas de Qutb sobre con la propiedad privada: “En el Islam, el propietario no tiene jamás el derecho de usar o abusar de sus bienes. En el Islam, la propiedad privada es un medio social al servicio de las utilidades comunes”20.

                Pero entonces ¿cómo se explica que los fundamentalistas islámicos se declaren anticomunistas?

                El ayatollah Baqir as-Sadr –apellidado el Khomeini iraquí, ejecutado en 1980– resuelve la dificultad. Así sintetiza la doctrina comunista: “El objetivo inconsciente que el marxismo atribuye al movimiento de la Historia consiste en la eliminación de los obstáculos en el camino de desarrollo de las fuerzas productivas. Este objetivo se alcanzará mediante la abolición de la propiedad privada y la construcción de la sociedad comunista”. Y a continuación introduce la crítica fundamentalista: “Entonces, después de esa liberación, la Historia se detendrá y todas las potencialidades y el impulso nuevo del hombre perecerán”. Para evitar la paralización de la evolución, explica el ayatola, es preciso un nuevo horizonte que entusiasme a los hombres para ir más allá del comunismo.

 Una Teología de la Liberación para el mundo islámico

                 Este horizonte nuevo tiene que ser religioso. Dice as-Sadr: “Poner a Alá como objetivo de la marcha evolutiva constituye la única estructura ideológica que puede ofrecer al movimiento humano una energía inagotable”21. Desde esta perspectiva, los comunistas clásicos representan una esclerosis y deben ser eliminados. Ahora, serán los religiosos quienes harán la tarea.

                Por añadidura, el nuevo horizonte tiene otra utilidad. En el mundo musulmán, la autoridad natural y religiosa de los jefes de clanes, tribus y etnias es muy respetada. Para los revolucionarios era imposible destruir este resto de orden natural apelando a doctrinas laicas modernas, “porque tarde o temprano el movimiento nuevo mostrará su verdadera faz de enemigo declarado de la Religión. Eso acarreará un gran desperdicio de energías y expondrá a la obra en curso a los peligros que provienen de la mayoría de los conservadores del mundo islámico”22. Esta tarea sólo será viable bajo ropajes religiosos. Además, mutatis mutandis, lo mismo sucede con el progresismo católico que se sirvió de la Teología de la Liberación con objetivos análogos a los de los fundamentalistas musulmanes.

 De las “Mil y una noches” a las tinieblas infernales

                 El fundamentalismo no busca reactivar el mundo de las Mil y una noches, de los tapices fascinantes, de los emires míticos y de los sheiks del desierto, de los minaretes esbeltos y elegantes, de las mezquitas doradas, del Taj-Mahal. Ese universo de maravillas refleja aspectos positivos de los pueblos que hoy languidecen bajo el yugo de la falsa religión de Mahoma. Por el contrario, el fundamentalismo busca extinguir también esas potencialidades de alma que podrían florecer en civilizaciones de fábula, en el caso de que se convirtieran a la única Iglesia verdadera, la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. Busca una tierra proletarizada, miserabilista, en contacto con los abismos infernales. Y se recubre de apariencias antiguas y religiosas porque le resulta conveniente para ello.

 La revolución igualitaria occidental se inocula en el mahometanismo y genera el monstruo fundamentalista

                 Roger Garaudy, el ex dirigente del PC francés que se hizo musulmán, narró sus conversaciones con el dictador libio Muhammad Khadafi, considerado en Occidente como un sustentáculo del terrorismo internacional.

                Khadafi le enseñó la “traducción política” del versículo II-136 del Corán: “Es una democracia directa sin delegación de poder y sin alineación. Nada debe substituirse al pueblo, por medio de partidos o parlamentos. Democracia directa a través de comités y congresos populares, que son la emanación directa de las empresas, cooperativas agrícolas, universidades, aldeas, barrios”23. En pocas palabras, una actualización del modelo que los soviéticos no realizaron, y que las izquierdas recicladas tratan de alcanzar bajo diversas formas de autogestión.

                En 1995, Garaudy publicó la obra ¿Hacia una guerra de religión? – El debate del siglo24, con un prefacio del ex fraile y teólogo de la liberación Leonardo Boff. El ex religioso franciscano elogiaba a Garaudy como a un profeta que junto con Helder Câmara habría puesto las bases de una convergencia cristiano-marxista anticapitalista. Y agregaba que el fundamentalismo islámico vive del mismo fuego libertario de la Teología de la Lliberación.

                Garaudy anunció una “guerra de religión”, no entre la Iglesia Católica y el Islam, sino de los rebeldes de todas las religiones contra toda forma de autoridad, porque ésta sería intrínsecamente cómplice del capitalismo consumista y hedonista.

                Efectivamente, el fundamentalismo islámico integra un vasto movimiento que supera los límites del mahometanismo histórico. El documentadísimo Atlas mundial del Islam Activista constata que el “renacimiento islámico no es un fenómeno aislado, sino que se inscribe en un movimiento global de rechazo al materialismo mercantilista y mediático que invade al Planeta desde hace tres décadas. Este movimiento tienen una dimensión natural: la de la ecología; y una religiosa: el retorno a lo fundamental”25.

                El fundamentalismo es objetivamente aliado de las fuerzas del caos, que se manifestaron en el Foro Social Mundial realizado en Porto Alegre26, en los disturbios de Seattle y Génova27 y en la subversión eclesiástica progresista.

                El fundamentalismo –que es fruto de lo peor de Occidente– trata de realizar una síntesis con el Alá de Mahoma, al cual se le aplican las palabras de la Escritura: “Omnes dii gentium daemoni” (Sl 95-5) (Todos los dioses de los gentiles son demonios).

                Esa siniestra convergencia recuerda la tesis de un histórico artículo publicado en Catolicismo, escrito por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira: “Si Oriente y Occidente se unen fuera de la Iglesia, sólo producirán monstruos”28. El fundamentalismo islámico y el pavoroso atentado del 11 de septiembre constituyen una espantosa confirmación de esta tesis.


[1] Cfr. “O Globo”, 25-9-01; “O Estado de S. Paulo”, 30/09/01.

[2] Roger du Pasquier, Le Réveil de I’Islam, Cerf, París, col. Bref, p. 34.

[3] http://www.catstevens.com/articles/00009/index.html

[4]Cfr. du Pasquier, op. cit., pp. 56-64.

[5] Ghali Chuckri, “Al Bayadir”, nº 11, 1-2-82, in Al Hoda – Teheran branch, El sunnismo y el sismo: una querella artificial y una provocación pérfida, Teherán, 1989, p. 34.

[6] Ehsan Tabari, Le rôle de la religión dans notre révolution, “La Nouvelle Revue Internationale”, Nº 12 (292), diciembre de 1982, p. 34.

[7] In Atlas mondial de l’islam activiste, La Table Ronde, Paris, 1991, p. 34.

[8] Bruno Étienne, L’islamisme radical, Hachette, Paris, 1987, p. 327.

[9] http://www.jannah.org/articles/hassan.html.

[10] Six tratcts of Hassan Al-Banna, International Federation of Student Organizations, Kuwait, s/d, pp. 16-18.

[11] Al Hoda, op. cit.

[12] Véase, por ejemplo: Shayhk Abdul Qader Al-Murabit, Para el hombre que viene, Ediciones Ribat, Granada-México-Chicago, 1988. El autor se auto-intitula sheik, pero es un escocés llamado Ian Dallas. Fundó en Norwich el Movimiento Morabitum, nombre de una histórica cofradía místico-guerrera del Norte de África, los almorávides. Sus miembros son, en número significativo, ex –hippies y cultores frustrados de la droga. En el libro, Abdul Qader justifica al III Reich, y considera que éste no obtuvo la “liberación” total del hombre debido a la oposición judaico-capitalista-usurera. No critica al comunismo por su lado igualitario y nivelador, sino porque habría sido ideado por judíos. La “liberación” del hombre, según él, exige la extinción del consumismo capitalista. Y la vía para ello sería actualmente el Islam.

[13] Sayyid Qutb, Jalons sur la route de l’Islam, International Islamic Federation of Student Organizations,Kuwait, s/d, 293, pp. 96-97.

[14] Sayyid Qutb, Il Futuro sarà dell’Islam, International Islamic Federation of Studen Organizations (Kuwait) The Holy Coran Publishing House (Beirut), 1980, 42-44.

[15] Id. Ibid., pp. 51-57.

[16] Id. Ibid., pp. 63-64.

[17] Id. Ibid., pp. 63-67.

[18] Id. Ibid., p. 15.

[19] Id. Ibid., p. 100.

20 Olivier Carré, Mystique et politique – Lecture révolutionnaire du Coran par Sayid Qutb Frère Musulman radical, Les Éditions du Cerf/Presses de la Fondation Nationale des Sciences Politiques, Paris, 1984, p. 149.

21 Baqir as-Sadr, sin título, Al-Hoda Teherán branch, Teherán, 1989, pp. 9-10.

22 Baqir as-Sadr, id., ibid. p. 27.

23 Roger Garaudy, Appel aux vivants, Seuil, Paris, 1979, pp. 294-295.

24 Desclée de Brouwer, Paris, 1995.

25 Atlas Mondial de l’Islam Activiste, Institut de Criminologie de Paris – Centre de Recherche sur la Violence Politique, La Table Ronde, Paris, 1991, p. 14.

26 Cfr. Catolicismo, Nº 603, marzo 2001.

27 Cfr. Catolicismo, Nº 609, septiembre 2001.

28 Cfr. Catolicismo, Nº 106, octubre 1959.


Colaboración de: www.catolicismo.com.br






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