“Se hicieron abominables como las cosas que amaron”

Plinio Corrêa de Oliveira

  Nuestra primer foto muestra una “Cabeza”, de mármol con 35,5 cm de alto que se encuentra en el Museo del Louvre. Procede de Amorgos, en el archipiélago griego de Ciclades. Se trata de un ídolo de la era pre-helénica.

Las maravillas del universo deben conducir al hombre al conocimiento de la sabiduría, de la bondad y de las belleza del Creador de todas las cosas. Pero, habiéndose vuelto pagano, comenzó a adorar no raras veces a seres inferiores, como los animales, o hasta divinidades imaginarias horrendas. Con frecuencia, adorando figuras humanas, las adoró monstruosas, como es el caso de esta “cabeza”. Si alguien con esta cara se paseara por las calles, causaría horror, y si subiese a un ómnibus, inmediatamente éste se vaciaría. Si hubiese una enfermedad cuyo efecto fuese la de tornar así a sus víctimas, todos los médicos de la tierra se movilizarían contra ella. Es que se trata de un monstruo, muy expresivo, es cierto, pero por esto mismo aún más terrible, pues de él sólo desprende monstruosidad.

¿Cómo no sentir compasión de los pobres paganos, llevados a adorar a este monstruo? ¿Cómo no percibir de deformación mental y moral que introduce en el alma la adoración de un ente como éste?

A ese respecto, la Sagrada Escritura observa con clarividencia que los hombres se modelan por las cosas que aman: “Encontré a Israel como racimos de uva en el desierto, vi a sus padres como los primeros frutos de la higuera, que aparecen en la cima; pero ellos fueron al templo de Beelfegor, y se apartaron de mí para cubrirse de confusión, y se hicieron abominables como las cosas que amaron” (Os 9,10)

Si es verdad que aquello que el hombre ama lo transforma, uno se pregunta: ¿es deseable modelar a alguien según esta extraña y grotesca cabeza reproducida en la segunda foto? ¿El lector querría, por ejemplo, que según ella se conformase de alma y de cuerpo sus hijos? 

Y cómo duele decir que la intención del autor, el conocido escultor francés contemporáneo J. Rucki-Lambert, fue representar a Nuestro Señor Jesucristo, fuente de toda santidad y, por esto mismo, modelo infinitamente perfecto de inefable equilibrio de personalidad.

Decirle a alguien: este fue Cristo, imítalo, se como El, ¿es educar, es formar, es trabajar para la ascensión espiritual del hombre?





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