Un trujillano en Huanca
Verano del 2003

Santuario del señor de Huanca

Una capilla erigida en 1676, es el destino de miles de peregrinos que todos los años asisten con fervor a dicho santuario, luego de una larga caminata de 5 a 6horas. Miles de almas, deseosas que ese “Divino doctor” cure sus males, consuele sus aflicciones o simplemente renueve su fe para sostener su fidelidad a Dios en un mundo que cada vez más los quiere alejar de Él, caminan, por lo general en el mes de septiembre, para ver y venerar la roca pintada con el retrato del Señor de Huanca; lugar -ubicado en un majestuoso paraje del Valle Sagrado de los Incas, en el Cusco- que Él mismo quiso que se convirtiera en un “volcan de gracias y piscina de regeneración”.

Nosotros, llegados no hacía mucho de Trujillo, estábamos con bastantes deseos de ir; así que animados por dos bravos cusqueños, que nos harían de guías, emprendimos la caminata, que en nuestro caso duró unas 8 ó 9 horas, aproximadamente. Dios nos deparaba en el camino una gran prueba. Nuestra meta era llegar a conocer dicha imagen y ofrecer lossacrificios de la peregrinación por nuestra perseverancia y para que la Santísima Virgen siempre aliente con sus gracias al naciente grupo Reconquista.

Salimos temprano por la mañana, a eso de las 6, cuando el sol comenzaba a nacer por el horizonte; tomamos un taxi que nos llevaría a San Jerónimo, en las faldas del cerro que era la partida de nuestra caminata. Llovía mucho y del frío ni se hable.

Comenzamos sin novedad hasta la primera hora, entremezclando Avemarías con la contemplación de bellos paisajes. Conversamos también de temas interesantes: las siete vías para conocer a Dios dadas por Santo Tomás, la posibilidad de que las formas de los cerros que nos rodeaban pudieran ser producto de la erosión causada por el agua del diluvio universal, etc. El ambiente no era para menos. Suaves vientos fríos y abismos profundos nos indicaban lo alto y arriesgado que se volvía nuestra posición.

La época, sin embargo, no era la mejor para realizar tal caminata; era febrero, y las lluvias y la intensa humedad habían hecho crecer la vegetación. Y, ¡oh, sorpresa!, el camino que los peregrinos siempre toman estaba totalmente cubierto de pasto, de quicullo. Para colmo, se notaban vagamente dos caminos a seguir. Era confuso hasta para los propios cusqueños, que ya habían hecho la peregrinación otras veces, pero nunca en esta época del año. Alguien recurrió al auxilio de Santa Elena, quien tuvo visiones del lugar donde se encontraban los Clavos y la Cruz de Nuestro Señor. Alguien, también, lanzó una piedra al cielo para según el lugar en que cayera seguir por ahí. Pero el camino, que no fue el correcto para los mortales, sí lo fue para lo que Dios pedía de ellos. La idea de regresar era impensable, pues nuestro objetivo era llegar donde el Señor de Huanca; Él se encargaría de hacernos llegar, sea como sea.

Después de caminar más de una hora por ese trecho, la pendiente se empinaba más y más. Uno de los que nos acompañaba se puso mal. Le sobrevinieron dolores de cabeza, falta de aire, etc. Pero deseaba seguir y ofreció a Dios esos “pequeños” sufrimientos.Hasta tuvimos que escalar el cerro ayudado de los ichus crecidos, pues ya no seguíamos ningún camino. Salvando abismos y buscando la altura, llegamos a lo más alto de algún cerro, donde ya no se podía ver ni el aeropuerto ni la ciudad, sino solo nubes. Se escuchaban ruidos a manera de truenos y, de repente,vimos cerca de nosotros, como a 40 metros para abajo, algo que se semejaba a una fogata apagada. Al ver huesos y algo de piel chamuscada, dedujimos que había sido un animal alcanzado por algún rayo. La piel se nos escarapeló y procedimos a quitarnos todas las cosas de metal. Seguimos el camino y subimos más aún, hasta un lugar desde donde se podía ver el río Vilcanota, tan plácido y tranquilo; era apenas un hilito de agua para nosotros que lo veíamos de tan alto.

Nuestro amigo empeoraba, pero seguía adelante. Mezclaba alcohol con algunas hojas de eucalipto y lo inhalaba de trecho en trecho para mejorar la respiración. En fin, había momentos en que nos olvidábamos de nosotros mismos, pero no dejábamos de rezar el Rosario; y eso nos ayudó a seguir. Con los zapatos y medias mojadas, y parte de la ropa húmeda, ya que la vegetación había crecido tanto que nos llegaba hasta las piernas, llegamos a una comunidad cercana, llamada Huacoto.

Junto a una choza estaba una señora obesa, que mascaba coca. Nos acercamos para pedir cobijo, pues necesitábamos un descanso. Nos recibió muy afectuosamente e incluso nos dio de tomar una infusión de aquella hoja. Pusimos a secar nuestros zapatos y medias cerca de su “ecológico” fogón, a base de excremento de ganado, que al secar puede generar fuego por la combustión de los gases que produce, como el metano. La campesina nos indicó el camino a seguir y nos habló de tres cruces que debíamos encontrar.

Proseguimos la caminata y nos dirigimos hacia la primera cruz. Vimos manadas de toros, ovejas y cabras en unos hermosos campos verdes; era fácil ver los cerros de arcilla. Los vientos fuertes que arrastraban las grandes gotas de lluvia, chocaban contra nuestros trajes impermeables. Pero era casi en vano evitar mojarse porque el agua siempre se colaba por algún sitio.

El tiempo pasaba sin que nos diéramos cuenta, pero a lo lejos divisamos la primera cruz. Como la campesina nos había dicho que la siguiente cruz era “aquisito, nomás”, suponíamos que estábamos cerca del santuario. Pero la realidad era distinta y eso aumentaba el deseo de un auxilio del cielo. Proseguimos hasta la segunda cruz, cruzando campos verdes y húmedos, bajo un sol abrasador. Al fin, a nuestros pies, se veía el santuario; parecía cerca, pero el descenso de la montaña duró casi dos horas. El camino era estrecho y en ciertos sitios era necesario saltar riachuelos formados por la lluvia. Uno, casi sin fuerzas, pensaba en dónde poder acampar. Pero no; proseguimos hasta llegar al santuario mismo. Llegamos y vimos en el altar mayor la impresionante pintura, grabada en la pedra, del Señor de Huanca.Señor de Huanca

  Eran momentos muy emotivos y de gran satisfacción. Rezamos frente a la imagen sagrada, que nos invitaba a la reflexión y al agradecimiento por haber llegado allí, sanos y salvos. La expresión de Nuestro Señor recogiendo sus vestiduras, luego de ser azotado, da una idea del sacrificio -del cual Él es el modelo supremo- que toda persona tiene que pasar cuando es verdaderamente fiel a Dios; viviendo según los mandamientos y no cediendo a la tentación de ser tibios, ni borregos; aceptando el dolor que produce el ir contra la corriente, contra las modas inmorales, contra esa revolución que nos quiere llevar a abandonar a Dios. Realmente, Él y su Madre, nos guiaron y apoyaron en esta larga caminata, así como nos guían y nos dan fuerzas en el caminar de la vida.

Bueno, luego de esos minutos tan bellos, debíamos retornar. Ya no había transporte, pues eran casi las 5 y media de la tarde. Pero, así como Nuestro Señor nos trajo, Él tendría que regresarnos, y sólo nos restaba confiar. Providencialmente, el último carro de servicio nos divisó bajando la montaña y decidió esperarnos. Si no hubiéramos puesto en Él nuestra confianza, desde que comenzamos la caminata, no estaría relatando este artículo.

Oscar Ayala Quintana.




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